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::: La huida

Autor: Genara Bermejo Ver autor

Sin publicar (2006)

 

La huida

La tierra, el matorral con las acacias que se vislumbraban en el horizonte. Aunque nací en ella y la había recorrido cientos de veces con mis pies descalzos, aquella mañana me parecía todo irreconocible, en mi interior la sentía extraña, hostil, al igual que todo lo que hasta ese momento me había sido familiar, el mundo donde me había sentido segura y la gente que había considerado amiga. Ese mundo, esa gente, no aceptan mi situación.

Por ellos decidí, aquella mañana, huir con mi hija Lucía y así salvar la honra de mi familia.

Hoy, después de muchos años, mantengo intactas en mi memoria aquellas duras vivencias, que hoy relato en mi breve historia de una larga vida.

A mi temprana edad, sin experiencia, vino al mundo mi hija, fruto de un amor del que no fui correspondida, y que me quedó sola con mi hija, ella ignora ser el drama de mi deshonra y la de mi familia.

Huir no solo significaba dejar atrás mi pueblo, mis raíces, sino que delante solo había oscuridad, miedo a perder a mi hija y… mi familia, no estaba pasando por los mejores momentos y yo quería liberarles de aquella situación. Debía luchar y sobrevivir.

 A Lucía, mi hija, la llevaba conmigo en un rebujo suave y calientito.

Huir sin una meta, me obligaba a seguir caminando por aquellos valles, ¿cuánto aguantaría? y Lucía ¿cuánto tiempo sobreviviría, con lo frágil y menuda que era?

Las provisiones que había cogido para la huída, se habían acabado. No quedaba, ni siquiera leche, ni harina y el agua que quedaba, la dejaba para cuando Lucía despertase. Mi situación era aterradora. Si seguía caminando, sucumbiría junto con mi hija. Tenía que encontrar un lugar para protegerme y esperar para continuar la marcha.

No lejos había un árbol, a su lado iba a extender la manta en el suelo, en ese momento vi a lo lejos un pastor, y me dije: Si me acercara al pastor, podía darme agua y comida. Saqué fuerzas para gritarle, para llamar su atención, pero algo me lo impidió. Entonces vi con crudeza lo sola que me encontraba y por primera vez, desde que había dejado el pueblo, rompí a llorar. Nadie podía socorrerme ¿qué sería de mí y de mi menudita hija?

Sin fuerza en el cuerpo, ni en el alma, cargué de nuevo con Lucía y continué la marcha, seguro que el pastor se dirigía a algún pozo para dar de beber a sus ovejas, yo lo seguiría si quería sobrevivir, el agua era tan necesaria como la comida.

Lucía empezó a lloriquear, la pobrecita no comía desde hacia dos días, mi niña estaba peor que yo. Me detuve y le di las últimas gotas de agua que tenía ¿qué ocurriría si no encontraba el pozo?

Seguí caminando, mi vista empezaba a nublarse, me temblaban las piernas, era incapaz de moverme.

Desesperada, extendí la manta, acosté en ella a Lucía y me senté a su lado, mi pequeña no tardo en despertarse, y se echó a llorar desconsoladamente. Era terrible saber que mi niña tenía hambre y sed, y no tener para darle más que amor. La cogí en mis brazos, la llene de besos, la arrullé. Lucía se quedó dormida. No te despiertes pequeña mía, así no sentirás el hambre, la sed y el dolor...

Miraba a mi hija, nada me importaba ni siquiera mi propia supervivencia, estaba dispuesta a sacrificar mi vida para salvar la suya.

En ese momento lo vi, un pozo a unos metros de distancia, podía apagar mi sed y la de Lucía, era nuestra salvación. Quise acercarme al pozo, pero no me quedaban fuerzas para sostenerme en pie y llegué hasta él arrastrándome, jadeando. Busqué hasta encontrar un recipiente de hojalata  que hay siempre en los pozos, a disposición de los que por ahí pasan, sujetándolo por el cordel lo eché al pozo y empecé a subirlo. Eso que había hecho miles de veces, me costo un esfuerzo inmenso. Cuando llegó al borde, estaba agotada. Unas gotas de agua tocaron mis manos, el contacto me dio fuerzas, acerqué mis labios, di un sorbo luego otro...fue como volver a la vida. Di de beber a Lucía que se había despertado, también ella se reanimó.

Mi niña tenía hambre, tenía que buscar un pueblo y pedir ayuda. Cogí a Lucía de nuevo, era el último esfuerzo, empecé a caminar despacio, el sendero parecía no acabar nunca, era el cansancio, lo supe en cuanto llegué al pueblo y vi a los viejos sentados en las entradas de las casas.

Me miraban, debía tener un aspecto lastimoso, quizás me había precipitado huyendo o peor aún, me había portado como una necia, no era cierto que estuviera sola, podía contar con mi familia.

Me esperan para cerrar filas y apoyarme.

Lucía se había quedado dormida. Y me dije: yo vuelvo a casa con los míos, a mi pueblo. Donde había empezado, todo...